Por: Leonardo Gil, consultor político
La atención se ha convertido en una de las formas de poder político más importantes de nuestro tiempo.
No sustituye los votos, las instituciones, la autoridad ni los resultados. Pero existe algo anterior a todo ello: para que un problema sea discutido, una política evaluada o un liderazgo juzgado, primero alguien debe conseguir que miremos.
Ahí comienza una nueva disputa por el poder.
Durante décadas, comunicar políticamente significaba principalmente conseguir acceso a los medios. Hoy publicar es fácil; lo difícil es conseguir que alguien se detenga.
Un presidente, un candidato, un periodista, un creador digital y un video de entretenimiento compiten en el mismo teléfono por los próximos segundos de nuestra vida.
Y República Dominicana está plenamente dentro de esa transformación.
La Encuesta de Confianza de la OCDE de 2025 muestra que las redes sociales son ya la fuente más utilizada para obtener información política y de actualidad en América Latina y el Caribe: 72% de los encuestados afirma utilizarlas regularmente. El dato dominicano resulta particularmente revelador: entre los países latinoamericanos estudiados, República Dominicana registra el menor uso de televisión y radio para informarse sobre política y actualidad, con 49%.
Esto no significa la desaparición de la televisión ni de la radio. Significa algo más interesante: la conversación pública se fragmentó.
Un tema puede comenzar con un audio de WhatsApp, saltar a Instagram, provocar una reacción en X, llegar a un programa de televisión y regresar convertido en fragmentos de video a las redes sociales.
Ya no existe una sola plaza pública. Existen muchas, interconectadas y compitiendo permanentemente por nuestra mirada.
Pero aquí aparece el error que puede definir la comunicación política de los próximos años: confundir atención con influencia.
Ser viral no significa ser creíble. Tener seguidores no significa tener liderazgo. Conseguir millones de reproducciones no significa cambiar millones de opiniones.
Entre ser visto y conseguir que alguien actúe existe un recorrido mucho más complejo:
ATENCIÓN → RELEVANCIA → CONFIANZA → PREFERENCIA → MOVILIZACIÓN.
La atención consigue que alguien se detenga.
La relevancia responde una segunda pregunta: ¿esto tiene algo que ver conmigo?
Después aparece la confianza: ¿creo en quien me lo está diciendo?
Solo entonces puede construirse una preferencia. Y ni siquiera una preferencia garantiza una acción posterior.
Este modelo obliga a mirar de otra manera las métricas que fascinan a la comunicación contemporánea.
Un millón de vistas mide circulación. No necesariamente persuasión.
Un trending topic mide conversación. No necesariamente confianza.
Un millón de seguidores mide audiencia. No necesariamente movilización.
La viralidad no es sinónimo de influencia.
Y con la inteligencia artificial produciendo cantidades extraordinarias de textos, imágenes, voces y videos, la paradoja será todavía mayor: mientras más contenido podamos producir, más escasa será la atención humana.
Por eso sospecho que la próxima gran batalla de la comunicación política no será simplemente por conseguir atención. Será por merecerla.
La pregunta decisiva ya no es solamente cómo conseguir que alguien nos mire. La pregunta es qué hacemos con su atención después de conseguirla? Porque captar la atención es apenas el comienzo.
El verdadero poder consiste en transformarla en comprensión, confianza y participación sin renunciar a la responsabilidad.
Y quizás esa sea una de las grandes pruebas de nuestra democracia en la era de la distracción.
Fuente del dato citado: OCDE, Encuesta sobre los determinantes de la confianza en las instituciones públicas en América Latina y el Caribe, resultados 2025. https://www.oecd.org/en/publications/oecd-survey-on-drivers-of-trust-in-public-institutions-in-latin-america-and-the-caribbean-2025-results_ea3385cf-en/full-report/trust-and-information-integrity-in-latin-america-and-the-caribbean_e3084e6a.html





