El votante no vota por el candidato

Arquetipo e identidad del votante

Por Leonardo Gil
Consultor comunicación política y de Gobierno

En una campaña electoral, el ciudadano no observa únicamente candidatos, partidos y propuestas. También observa símbolos. Detrás de un discurso, una imagen o una promesa, el elector construye una representación de quien aspira a gobernarlo: puede verlo como protector, reformador, rebelde, estadista, ciudadano común o representante del cambio.

Podemos entender esas representaciones, en sentido narrativo, como arquetipos políticos. Pero la pregunta verdaderamente interesante no es cuál arquetipo intenta proyectar un candidato, sino por qué ese personaje adquiere significado para determinados electores y para otros no.

La respuesta nos conduce a la identidad

Dos ciudadanos pueden observar al mismo candidato y construir interpretaciones completamente diferentes. Uno percibe liderazgo donde otro observa autoritarismo. Uno encuentra experiencia donde otro ve pasado. Uno interpreta rebeldía donde otro percibe irresponsabilidad.

El candidato es el mismo. Lo que cambia es la identidad desde la cual es interpretado.

El significado político, por tanto, no reside exclusivamente en aquello que el candidato dice o intenta proyectar. Surge también de la interacción entre esa representación y los valores, creencias, pertenencias, memorias, emociones y expectativas del ciudadano.

El arquetipo puede funcionar como un organizador de significado. Frente a la enorme cantidad de información que produce una campaña (discursos, debates, publicidad, redes sociales, encuestas y controversias) conceptos como “el cambio”, “el orden”, “la experiencia” o “la renovación” permiten condensar una realidad política compleja.

El elector deja entonces de procesar solamente lo que el candidato dice y comienza a interpretar lo que el candidato representa.

Pensemos en el Protector. No basta con que un candidato proyecte fortaleza. Para que esa representación adquiera significado debe existir algo que el elector sienta que necesita protección: la seguridad, la estabilidad económica, una forma de vida, una conquista social o determinada visión del futuro.

Lo mismo ocurre con el Rebelde. No basta con atacar al sistema. Debe existir un ciudadano que perciba ese sistema como injusto, excluyente o incapaz de representar sus aspiraciones. El Rebelde necesita algo contra lo cual rebelarse y ciudadanos que sientan que esa rebelión también les pertenece.

Es entonces cuando puede producirse una transformación poderosa: el candidato deja de decir “yo estoy luchando contra ellos” y una parte del electorado comienza a sentir “él está luchando por nosotros”.

Aquí aparece una hipótesis interesante: quizá los arquetipos políticos más poderosos no sean aquellos que describen mejor al candidato, sino aquellos que permiten al ciudadano reconocerse simbólicamente en él.

Esta idea conecta con la propuesta que desarrollo en La Ingeniería de la Identidad del Votante: los mensajes políticos no llegan a una mente vacía. Son interpretados desde estructuras de significado previamente construidas.

Podríamos pensar la relación de esta manera: Contexto → Identidad → Necesidad simbólica → Arquetipo percibido → Identificación o rechazo → Decisión.

No se trata de una fórmula determinista ni de una ley universal del comportamiento electoral. Es una propuesta para organizar preguntas.

¿Por qué una sociedad busca un Protector en determinado momento? ¿Cuándo el Reformador resulta más atractivo que el Rebelde? ¿Por qué un Estadista puede representar seguridad durante una crisis y posteriormente simbolizar inmovilismo?

Quizás parte de la respuesta no esté solamente en quien habla, sino en quien interpreta.

Existe, además, una condición fundamental: la coherencia. Una campaña puede intentar construir un personaje político, pero no puede controlar completamente cómo será percibido. Si presenta como renovador a quien reproduce aquello que promete cambiar, aparece una contradicción.

Por eso, el arquetipo más poderoso no es necesariamente el más espectacular. Es el más creíble.

Una elección, entonces, no es únicamente una competencia entre propuestas ni una batalla entre mensajes. Es también una competencia por el significado.

Por eso, al analizar una campaña, quizá debamos agregar tres preguntas a las tradicionales: ¿Qué arquetipo representa el candidato? ¿Con qué identidad conecta? ¿Y qué encuentra el elector de sí mismo cuando lo mira?

Porque el ciudadano posiblemente no elige solamente entre candidatos. También elige entre representaciones de sí mismo y del futuro al que cree pertenecer.

Y cuando un candidato logra convertirse en símbolo de esa representación, deja de ser simplemente una opción electoral.

Se convierte, para ese ciudadano, en una expresión política de su identidad.

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