Por: Elis Peralta
Comunicadora, analista de Investigación y Relaciones Públicas
Una crisis global que avanza en silencio.
La escasez de agua dulce es hoy una de las mayores preocupaciones ambientales y sociales a nivel mundial. Aunque a menudo pasa desapercibida, su impacto es profundo y creciente: afecta la salud, la producción de alimentos, la economía y la estabilidad de comunidades enteras.
Desde 2015, la Tierra ha perdido un volumen de aguas superficiales y subterráneas equivalente al 250 % del tamaño del lago Erie, de acuerdo con registros satelitales. El año 2023 fue el más seco para los ríos en más de tres décadas, lo que dejó a más de 3,600 millones de personas con acceso insuficiente al agua durante al menos un mes. Naciones Unidas proyecta que para 2050 esta cifra podría aumentar a 5,000 millones de personas.
A este panorama se suma el retroceso de los glaciares, reservas naturales de agua dulce que, según la UNESCO, han perdido 9,000 gigatones de hielo desde 1975, comprometiendo aún más las fuentes hídricas del planeta.
La República Dominicana: abundancia relativa, escasez real
Nuestro país recibe en promedio 1,500 mm de lluvia al año, sin embargo, los recursos hídricos disponibles por persona alcanzan solo 2,430 m³/año, muy por debajo del promedio regional de 6,645 m³, según datos de Water Action Hub.
El consumo total de agua en la República Dominicana equivale al 44 % de sus recursos renovables, una presión similar a la de países como México y Perú. La demanda anual es de 10 mil millones de m³, lo que coloca al país entre las pocas naciones de América Latina y el Caribe que superan el 10 % de explotación de sus reservas hídricas, según el Banco Mundial.
Agricultura, acuíferos y servicio deficiente
La agricultura concentra más del 80 % del uso total del agua, principalmente debido a sistemas de riego poco eficientes.
En paralelo, la sobreexplotación de acuíferos costeros ha generado intrusión salina, un fenómeno ya presente entre 20 y 50 km tierra adentro en zonas como Santo Domingo, La Romana y Punta Cana. Estos acuíferos contienen apenas un 4 % de las reservas subterráneas nacionales, pero abastecen a una parte crucial del sureste del país. Solo en Santo Domingo, alrededor del 30 % del agua proviene de fuentes subterráneas.
La calidad del servicio también enfrenta serias limitaciones: solo el 10 % de la población recibe agua de manera continua, mientras que el 89,5 % depende de un suministro intermitente. Además, el 38 % de los sistemas carece de cloración, y donde se aplica, no siempre se garantiza la potabilidad.
Entre las causas principales se destacan: el consumo excesivo en áreas urbanas, tarifas bajas que no incentivan el ahorro, la degradación de cuencas, la falta de conciencia ambiental y la deficiente gestión de aguas residuales y desechos sólidos.
Países al límite: señales de alerta desde Medio Oriente.
La situación en otras partes del mundo ofrece una advertencia clara. Según el World Resources Institute (WRI), países como Irán viven bajo un estrés hídrico extremadamente alto, extrayendo hasta el 100 % de sus recursos renovables. Expertos locales ya hablan de un escenario crítico en ciudades como Teherán, que podrían enfrentar escasez total de agua en cuestión de semanas.
Otros países como Arabia Saudita, Yemen, Libia y Emiratos Árabes Unidos enfrentan el fenómeno de “peak water”, es decir, consumen más agua de la que la naturaleza puede reponer, agotando acuíferos fósiles que no se regeneran.
Un llamado a la conciencia y la acción.
La escasez de agua dulce no es un problema lejano, sino una realidad que ya afecta a nuestro país y a miles de millones de personas en todo el mundo.
En la República Dominicana, la abundancia de lluvias no garantiza seguridad hídrica. La sobreexplotación agrícola, la intrusión salina, la deficiente gestión de servicios y la falta de educación ambiental ponen en riesgo nuestro acceso futuro al agua.
El desafío es enorme, pero no imposible de enfrentar. Se requiere:
Modernizar los sistemas de riego agrícola para reducir el desperdicio.
Mejorar la infraestructura de distribución y cloración.
Proteger las cuencas hidrográficas y bosques que alimentan nuestras fuentes de agua.
Impulsar la reutilización y desalinización, especialmente en zonas costeras.
Fomentar la conciencia ciudadana sobre el uso responsable del agua.
El agua dulce es un recurso finito y vital. Cuidarla no es solo responsabilidad de las autoridades, sino también de cada ciudadano. Sin una acción decidida y colectiva, corremos el riesgo de llegar a un punto de no retorno.